Cuando las mujeres abanderamos que “lo personal es político” no solo logramos que las acciones violentas que ocurrían en ámbitos privados se hicieran visibles, sino que pusimos sobre la mesa la necesidad de entender que la práctica más mínima en lo rutinario tiene una construcción social inmensa que le antecede y que todo lo que hacemos construye realidades.

Las mujeres logramos evidenciar que la moda es política porque de la mano del uso de las faldas, los vestidos de baño y la liberación de la obligatoriedad del brasier había una justificación del control sobre el cuerpo femenino, siempre obediente al querer y deseo de otros.

Contamos también que las violencias que ocurrían en el hogar estaban lejos de ser un asunto familiar que se solucionaba de puertas para adentro y que su ocurrencia constituía un delito que necesitaba tramite ante el derecho penal. Demostramos que podíamos ser agredidas sexualmente también en el calor de nuestro “hogar”, y así, con lo laboral, económico y cada escenario posible, las mujeres hemos ido visibilizando y haciéndole espacio a nuestras luchas para vivir vidas libres de violencias, con garantía plena de derechos y con capacidad de encontrarnos entre nosotras para construir el tejido colectivo más poderoso que ha visto la humanidad.

Pero el canto de lo “personal es político” no se queda en las batallas que hemos ganado para las mujeres y las que seguiremos defendiendo, también lo llevamos tatuado en la consciencia para abrir camino a sociedades que no permitan ningún tipo de dominación sobre otro ser humano.

El vivir desde una posición feminista implica para muchas de nosotras el poder representar esta causa por la igualdad, el reconocimiento de la diversidad, de la otredad y del valor de cada persona que nos rodea. Implica por supuesto ayudar a construir contextos, desde donde estemos, en los que las prácticas patriarcales que minimizan, deshumanizan y estigmatizan al otro para perseguirle y justificar el odio, no se permitan ni se repitan.

Cuando decidí participar en política electoral decidí también que sería una apuesta política feminista la que iría conmigo a cada lugar de enunciación, por ello nos paramos en una opción alternativa de poder, esa que no elimina al otro diferente, la que escucha y amplifica al máximo la participación para la toma de decisiones, en donde nadie se excluye por la identidad que tenga y donde se usan formas que no subordinen ni violenten a nadie.

Hoy nos encontramos en un escenario complejo de toma de decisiones fundamentales al interior de la que es mi casa política, el Partido Alianza Verde y en donde se han impuesto decisiones sin consultar a quienes llegamos en las elecciones de 2019 ni a las bases del Partido. Aún hay tiempo de corregir y de usar el feminismo como herramienta para enderezar el camino.

Para poder ofrecer al país una opción de cambio debemos garantizar que, al interior del Partido, desde nuestra casa, se implementen medidas democráticas, incluyentes, polivocales y que reconozcan la diversidad de ser y de pensar, es decir: que se tomen decisiones horizontales y contando con las voces de todos y todas.

La casa no se abandona, se cuida, se remodela cuando hace falta y se aporta para que cada vez sea más sólida. Estoy convencida que el Partido Alianza Verde representa la diversidad que caracteriza al país y tiene la capacidad de aportar a este tránsito que demandan los acuerdos de paz, el estallido social de 2021 y la juventud que se tomó las calles para construir un futuro posible.

También estoy convencida que no será con dinámicas internas verticales, patriarcales, ni impositivas que se llegará como fuerza colectiva a aportar en el escenario que Colombia necesita. Como feminista, mujer, joven y política, hago un llamado a mi casa, el Partido Alianza Verde, para que cesen las formas burocráticas y logre el consenso con las bases.

Es de la mano de la gente que debemos pensar, diseñar e implementar un modelo de país que apueste por un cambio efectivo, que acabe con la desigualdad y que deje de imponer como privilegios lo que en realidad son derechos fundamentales.

Cuidemos la casa del odio y la estigmatización del otro; cuidemos la casa de caer en prácticas incoherentes con el discurso que proclamamos; cuidemos la casa de ser tomada por quienes se valen de ella cada que hay elecciones, pero no acompañan los procesos territoriales.

Cuidemos la casa reforzando el talante democrático, diverso, plural y sobre todo horizontal que debe caracterizar el modelo de país que soñamos para Colombia.

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